Hay decisiones que definen la biografía deportiva de un atleta mucho más que cualquier palmarés. Días atrás, Manuel Merillas encendía el debate necesario en sus redes sociales con una reflexión que encapsula el alma pura de las carreras por montaña:
“Este año la idea era estar corriendo en OCC, pero eso significaba tener que renunciar a otra carrera, Trofeo KIMA. Todos sabemos lo que significa mediáticamente estar en una de las finales de UTMB, la repercusión que tiene tanto a nivel económico como publicitario, pero esta temporada ya sacrifiqué mi carrera preferida, La Travesera, y en resumen para mí es elegir entre una carrera con vistas a la montaña, o una carrera por montaña.
En la primera es salir con ganas de que pase lo antes posible, y en la segunda es disfrutar cada piedra y cada kilómetro.
Así que esta temporada esta es mi decisión. Prefiero ser montañero rápido que corredor de montaña. Al fin y al cabo por eso me enamoré de este deporte.
Para el año que viene ya decidiremos, pero esta vez elige el corazón y no la cabeza.”
— Manuel Merillas
Esa misma llamada telúrica resonó este pasado fin de semana en el corazón de los Alpes italianos. Considerada por derecho propio una de las pruebas de skyrunning más salvajes, técnicas e icónicas del planeta, la última edición del Trofeo KIMA volvió a demostrar por qué es el templo sagrado de los verdaderos amantes de las alturas. Con 52 kilómetros de recorrido alpino extremo y 4.200 metros de desnivel positivo a través de crestas expuestas, pedreras inestables y refugios de leyenda en el Val Masino, el Trofeo KIMA no tolera artificios.
Tras unas jornadas de climatología adversa que pusieron en vilo la celebración de la prueba, la montaña dio tregua, permitiendo un retraso prudencial de una hora para estabilizar el terreno. Sobre ese escenario titánico, el italiano William Boffelli firmó una exhibición impecable de principio a fin, parando el crono en 6h07:43 y coronándose en casa. En categoría femenina, la franco estadounidense Hillary Gerardi firmó otra página dorada al batir su propio récord de la prueba con un tiempo estratosférico de 7h25:54, demostrando una vez más que la maestría técnica y la pasión desatada no entienden de límites.
Porque al final, de eso trata exactamente: de latir al unísono con la piedra, de abrazar el vértigo de las crestas y de entender que el verdadero éxito no se mide en arcos de meta comerciales, sino en la intensidad con la que el corazón dialoga con la cumbre.




