Desde pequeño, Léo tuvo claro cuál era su lugar. La escuela nunca fue su terreno natural; la montaña, sí. Eligió el freestyle cuando el camino lógico parecía ser el esquí alpino y asumió pronto que su futuro pasaba por ahí. Esa convicción le permitió avanzar rápido, pero también le llevó a enfrentarse muy pronto a un primer golpe serio.
Partirse en 1.000 pedazos y reconstruirse las veces que sea necesario no está al alcance de cualquiera. La determinación aparece cuando las circunstancias de la vida se aferran a lo que parecía un asterisco en un contrato que no habías leído: una enfermedad que irrumpe sin aviso, una lesión que detiene el cuerpo, la pérdida de alguien cercano, la sensación de estar roto por dentro y de que nada tiene sentido. En esos momentos, avanzar consiste en dar pasos pequeños, a veces casi invisibles, aceptando la caída, el cansancio y la duda como parte del camino. Se trata de decisiones repetidas que permiten seguir adelante. En algunas trayectorias vitales, esa forma de avanzar se impone una y otra vez, hasta convertirse en una manera de estar en el mundo. Historias marcadas por interrupciones, reconstrucciones y regresos que no siempre conducen al mismo lugar, pero que mantienen un hilo constante: la necesidad de continuar, no tanto por cumplir objetivos, sino para ser capaz de levantarse de la cama y seguir con eso que llaman vida. Es el caso de la historia de Léo Slemett que puede verse en Better Up There, realizado por Mathis Dumas y escrito por Jérôme Llado y que, lejos de la épica, nos hace reflexionar sobre dos conceptos: qué nos hace seguir cuanto todo parece derrumbarse y qué nos lleva a buscar los límites.


