ROQUE FANEQUE

Mil metros de vertical hacia el Atlántico

Kissthemountain #104. Plenitud

Junio 2026

Revista+Trail+escalada+alpinismo+esp.snaturales-15

SOY LA NATURALEZA y os hablo. Yo levanté este borde del mundo. Lo sostengo con orgullo sobre más de mil metros de altura antes de dejarlo caer en una pared de roca que se precipita hacia el Atlántico con una fuerza que todavía hoy me pertenece. Desde esta cumbre, mientras domino el aire, el vértigo se ordena a mi alrededor como una extensión de mi propio cuerpo. El océano permanece abajo, extenso y constante, y sobre esta arquitectura vertical que he creado se despliegan las aves que sobrevuelan el acantilado, lo recorren, lo interpretan y lo habitan con la ligereza de quienes reconocen en mis corrientes la forma exacta de mi poder.

Aún no os he dicho de qué lugar hablo. Lo llamáis Roque Faneque. Me levanto en la costa noroeste de una isla que emerge en el Atlántico, en el tramo donde Gran Canaria se descompone en barrancos profundos y laderas que descienden hacia el mar con una violencia geológica que conserva la memoria del fuego. En este punto, la tierra alcanza su mayor caída, más de mil metros entre la cumbre y el océano, abiertos frente a las corrientes atlánticas sin transición ni suavidad. En torno a mí, el relieve se prolonga hacia el macizo de Tamadaba, donde el pinar se aferra a la altura y acompaña la pendiente como una prolongación viva de la montaña. También me reconozco en la línea de costa que desciende hacia Agaete y en la sucesión montañosa que avanza hacia el oeste de la isla, un territorio donde la geografía se vuelve abrupta y el horizonte pierde regularidad.

Todo lo que has leído pertenece a lo visible. Lo esencial sucede en otro plano, concretamente en el espacio donde el silencio se acumula entre las paredes de roca, donde la inmensidad se convierte en medida del paisaje y donde el viento atraviesa cada grieta como si hubiera encontrado su forma definitiva de existir.

Hoy, cuando la miramos, vemos calma. Pero bajo esa apariencia serena late una historia distinta, la de una isla que fue arrancada del océano por la fuerza, moldeada por la violencia y entregada, con el tiempo, a la paciencia del viento y la lluvia.

ROQUE FANEQUE

Mil metros de vertical hacia el Atlántico

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Junio 2026

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SOY LA NATURALEZA y os hablo. Yo levanté este borde del mundo. Lo sostengo con orgullo sobre más de mil metros de altura antes de dejarlo caer en una pared de roca que se precipita hacia el Atlántico con una fuerza que todavía hoy me pertenece. Desde esta cumbre, mientras domino el aire, el vértigo se ordena a mi alrededor como una extensión de mi propio cuerpo. El océano permanece abajo, extenso y constante, y sobre esta arquitectura vertical que he creado se despliegan las aves que sobrevuelan el acantilado, lo recorren, lo interpretan y lo habitan con la ligereza de quienes reconocen en mis corrientes la forma exacta de mi poder.

Aún no os he dicho de qué lugar hablo. Lo llamáis Roque Faneque. Me levanto en la costa noroeste de una isla que emerge en el Atlántico, en el tramo donde Gran Canaria se descompone en barrancos profundos y laderas que descienden hacia el mar con una violencia geológica que conserva la memoria del fuego. En este punto, la tierra alcanza su mayor caída, más de mil metros entre la cumbre y el océano, abiertos frente a las corrientes atlánticas sin transición ni suavidad. En torno a mí, el relieve se prolonga hacia el macizo de Tamadaba, donde el pinar se aferra a la altura y acompaña la pendiente como una prolongación viva de la montaña. También me reconozco en la línea de costa que desciende hacia Agaete y en la sucesión montañosa que avanza hacia el oeste de la isla, un territorio donde la geografía se vuelve abrupta y el horizonte pierde regularidad.

Todo lo que has leído pertenece a lo visible. Lo esencial sucede en otro plano, concretamente en el espacio donde el silencio se acumula entre las paredes de roca, donde la inmensidad se convierte en medida del paisaje y donde el viento atraviesa cada grieta como si hubiera encontrado su forma definitiva de existir.

Hoy, cuando la miramos, vemos calma. Pero bajo esa apariencia serena late una historia distinta, la de una isla que fue arrancada del océano por la fuerza, moldeada por la violencia y entregada, con el tiempo, a la paciencia del viento y la lluvia.


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