La delgada línea roja. Vuelta al Aneto en MTB.

La delgada línea roja. Vuelta al Aneto en MTB.

 

 

Texto: Borja Valdés | Fotografía: Kike Abelleira  

 

Cualquier otro mes de junio en BasqueMTB estaríamos posiblemente en la costa vasca guiando a grupos de bikers de cualquier rincón del mundo día sí y día también. Pero las extrañas circunstancias que vivimos, de alguna manera, nos han dado la oportunidad de dejar la mente volar y de salir a materializar actividades para las que no siempre encuentras tiempo.

El confinamiento fue una oportunidad para darle vueltas a la cabeza. Y cuando das tiempo a mentes inquietas a perpetrar actividades suelen salir grandes planes. Queríamos que fuera una experiencia más profunda y con una conexión especial con el medio ambiente.

Pronto decidimos buscar complicidad, concretamente Douglas, en nuestros amigos de Orbea, una marca que “rueda” camino a su segundo centenario fundacional en formato de cooperativa, lo que le da un trato cercano y familiar. En esta casa tienen ambición por su trabajo que es hacer las mejores bicis y venderlas a lo largo y ancho del mundo, pero también pasión por aquello que dio origen a la actual empresa: el ciclismo.

 

 

Viven intensamente tanto el ocio y el recreo como la competición en carretera o en montaña, en campeonatos de enduro o de cross-country. Ayudan y patrocinan a equipos, ciclistas, aventureros y otros personajes en cualquier punto del globo. Seguro que a nada que sigas sus redes, o la de sus atletas, te habrás dado cuenta.

En Orbea no lo dudaron un segundo y pronto empezamos a trabajar juntos para materializar este proyecto. Es por todos conocidos la histórica afición de los vascos, entre otros, por la montaña y la aventura. Muy pronto, como si estuviéramos premeditadamente de acuerdo, le dimos fondo y forma. Estamos en plena sintonía. Echamos a andar.

Nadie llega a ningún lado de cualquier manera. No nos presentamos en ninguna parte sin una mochila cargada de experiencias. En nuestro caso, podríamos decir que somos todos veteranos, que nuestra mochila no es precisamente pequeña y que lleva muchas horas de montaña a cuestas, bien sea andando, corriendo, sobre esquís, escalando o en bicicleta.

 

 

Con el paso de los años, décadas en nuestro caso, hemos visto evolucionar la montaña y su entorno unas veces más a nuestro gusto y otras menos, pero finalmente, detrás de cualquier nuevo deporte, evolución de materiales o uso industrial de los recursos, hay personas y, por nuestro oficio y nuestra red de contactos, acabamos conociéndonos todos.

En mi caso, al menos, cada día tengo menos prejuicios hacia nada y hacia nadie, y cuanta mayor es mi experiencia en la montaña, más cuenta me doy de que menos sé y de que aún me queda mucho por aprender. Esta aventura del conocer en vez del imponer mi idea es un viaje apasionadamente enriquecedor.

La montaña, en mi opinión, hace a la gente mejor. Cuando veo casos de violencia, radicalidad o de extremismo, normalmente por la televisión, siempre pienso lo mismo: “cuanto bien harían un poco de deporte y montaña a estas pobres gentes”.

Pero centrémonos en la actividad que realizamos el pasado junio. Amamos la montaña, nos gustan las bicis y entendemos el “mountain bike” tal cual su traducción literal desde el inglés: bicicleta de montaña.

Veníamos dándole vueltas a la idea de una alta ruta en bici, y entonces pensamos que cuál podría ser más alta que la de darle la vuelta al pico Aneto. Ya habíamos recorrido en bicicleta alguno de sus senderos circundantes y el resto, aunque fuera a pie, ya lo habíamos hecho casi todo, pero era hora de cerrar el círculo a pedales y al mismo tiempo de visitar en cada valle a nuestras habituales empresas proveedoras, ya amigos, para darles ánimos en estos tiempos duros.

 

 

 

Llegamos hasta Saravillo (Huesca) compartiendo remolque y furgoneta los seis miembros de la expedición -Paul, Douglas, Quiri, Kike, Martín y yo mismo- con la idea de dormir en la famosa Basa Mora.

El primer amanecer fue mágico. Abrir la cremallera de la tienda y encontrarte el ibón de Plan de frente es algo inenarrable que hay que vivir. Dejando el entorno igual, si no mejor que como lo encontramos al llegar, salimos desde este enclave en dirección al valle de Benasque atravesando el collado del ibón con nuestras bicis a la espalda.

Si no lo he dicho antes, que creo que sí, lo digo ahora: detrás de un montañero, un esquiador o un ciclista hay una persona y, aprovechamos cada collado, cada parada, para conocernos un poco mejor.

 

 

A las pocas horas tenemos ya esa sensación de sentirnos los mejores amigos del mundo. ¡Supongo que es algo que sólo nos pasa a nosotros y a los borrachos! Lo que no consiga la montaña y el deporte…

Una vez en el valle de Benasque buscamos el abrazo, aunque poco menos que virtual dadas las circunstancias, con nuestros amigos de la zona. Es un lugar donde trabajamos a menudo y en el que nos sentimos como en casa. Uno de los valles que, pese a su prácticamente aislamiento geográfico, mejor sabe hacer convivir el orgullo por su pasado, el cuidado de su entorno y la vanguardia de los deportes de montaña y el turismo de calidad: el Chamonix pirenaico, como yo le llamo.

Parada y fonda. Se nos viene encima un día largo. Cada vez que pisas los llanos del Hospital, allá donde se acaba el asfalto, sabes que algo grande está por venir. Tras recorrer a pedales buena parte del fondo del valle y atravesar el collado de la Picada, ratito a pie y ratito a pedales, pronto abandonamos el valle de Benasque sintiéndonos pequeños ante la majestuosidad de las vistas de la cara norte del macizo de Aneto-Maladeta. Nos adentramos en la Val d´Aran. Empalmando kilómetros y kilómetros de senderos casi cerrados tocamos el fondo del valle conviviendo en perfecta sintonía con montañeros y paseantes con los que también compartimos interesantes conversaciones allá donde nos encontramos.

La Val d´Aran es muy especial, y más aún cuando la conoces en toda su amplitud, más allá de donde las sillas cuelgan de cables de metal. Riqueza cultural, muy particular y un entorno natural privilegiado.

 

 

Nuestros amigos del valle son anfitriones de primera y, además de hacernos pasar un muy buen rato, tienen el detalle de acercarnos al embalse de Llauset, un lugar que bien podría servir como localización para algún programa de “ingenieros locos”, ya que se nos ponen los pelos de punta sólo de imaginar cómo pudieron construir semejante presa a tal altura, y el acceso a la misma por un interminable túnel por encima de los 2.000 metros.

El tercer día afrontamos la posible etapa reina de la vuelta al Aneto ya que vamos a atravesar el collado de Llauset cargando nuestras bicis, sin trampa ni cartón, hasta sus 2.865 metros de altura y luego llegar de vuelta al valle de Benasque cruzando con respeto y delicadeza la estética Sierra Negra y su meteorizado cordal.

Ahora, con el tiempo, recuerdo el encuentro con una familia catalana en el collado de Llauset al tiempo que nosotros llegábamos y ellos bajaban del pico Vallibierna. Pasamos un buen rato enseñándoles las bicis a los más jóvenes del grupo y compartimos un buen rato hablando también de carreras de montaña ya que a la madre de los niños le veo lucir una camiseta de, creo recordar, la Rialp Matxicots.

 

 

Hemos cumplido nuestros objetivos deportivos que, a la postre, en este tipo de convivencias se convierten en lo menos relevante. Salimos más amigos y enriquecidos en lo personal, y al mismo tiempo satisfechos por haber sabido disfrutar del entorno con respeto y pulcritud. Nos vamos con la sensación de haber aportado a la sostenibilidad de las empresas locales que sufren el duro azote del miedo generado por el embate del coronavirus y del aún hoy presente fenómeno de la despoblación rural. Y nos vamos con las ganas de contarlo, de que se sepa que entre una actividad bien hecha y otra mal, lo que hay que evitar, tanto en la montaña como en la vida, es traspasar, atravesar, esa delgada línea roja llamada respeto, empatía y educación.

 

www.basquemtb.com

www.orbea.com

 

 

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