MARTA IN THE WILD. SALTO BASE. Los Buenos Amigos | Madagascar

MARTA IN THE WILD. SALTO BASE. Los Buenos Amigos | Madagascar

 

Texto por Marta Jimenez (@marta_inthewild)

 

SALTO BASE | CLIMB & BASE | PARAALPINISMO

De repente todo se para. Sólo importa el aquí y el ahora. Me gusta tomarme un minuto en el borde del precipicio para saborear el momento. Sé que quiero estar ahí. Repaso cada parte del proceso mentalmente. Toco el pilotillo y la banda de pecho una última vez. Visualizo cómo tengo que empujar en el salto y busco el terreno más firme para mis pies. Imagino la caída libre y el plan trazado, la posición de mi cuerpo y la línea que quiero seguir. Ensayo el momento de la apertura y me preparo para una posible incidencia. Previsualizar es la clave para resolver rápido los problemas, y en el salto BASE la velocidad es vital. Lo hago sólo una vez, pero a conciencia, de principio a fin, sin entrar en bucle. Y entonces llega el momento. Suelto todo el aire de mis pulmones y empiezo la cuenta atrás. Ese mantra que prepara la mente para lo que viene: GO FOR IT!

En ese momento empieza la verdadera acción. Hago el push lo más lejos que puedo para ganar distancia con la pared, siempre intentando salir estable. Los primeros metros de caída son muy importantes pues no hay viento relativo y no se podría corregir un error de equilibrio. Aguanto la posición unos segundos mientras mi cabeza baja más y más hasta encontrar el ángulo de vuelo. Y entonces… El traje se hincha y comienzo a volar. Toda esa energía de caída comienza a convertirse en energía de avance. Esos segundos son como la parte del pastel que te guardas para el final, el último bocado exquisito por el que te has esforzado. Quiero que dure para siempre. La sensación de volar con tu cuerpo es muy poderosa. Trato de ir rápido. La velocidad es seguridad cuando se vuela. Intento mantener el ángulo correcto. Esto me hace planear y avanzar más. Y llegado el momento, freno mi cuerpo cambiando el ángulo y tiro del pilotillo esperando que la apertura sea suave y recta. Entonces llegan los gritos de júbilo ya bajo campana. 

Mi nombre es Marta y mucha gente me pregunta cómo empecé a practicar deportes de riesgo, sobre todo salto BASE. Mi respuesta parece simple, pero es cierta: “una cosa llevó a la otra”. Mi pasión por los deportes de montaña me acompaña desde hace media vida. Empecé a escalar bloque con 17 años y esto me llevó a conocer gente fuera de mi círculo de amigos que poco a poco se fue ampliando. Comencé a trabajar en una compañía de puenting y pronto cree mi propia empresa de saltos -Highjump-, que sigo dirigiendo ahora. 

 

 

Poco a poco hacíamos cada vez saltos más grandes, incluso desde cientos de metros de altura con la modalidad de rope jumping. Entonces supe que quería hacer salto BASE. Nuevos amigos me enseñaron a volar en parapente, me saqué la titulación de paracaidismo con vistas ya a hacer salto BASE y empecé a hacer alpinismo con más interés. Mis viajes a Pirineos y Alpes empezaban a ser más frecuentes. Entonces llegó el momento, y deportes que al principio parecían no tener conexión, al cabo de los años logré unirlos en actividades para empezar a practicar el paralpinismo, una modalidad bastante novedosa en la que se une el alpinismo con el salto BASE. Para mí, la filosofía con la que planteo este tipo de proyectos combinados de escalada o alpinismo con salto BASE es hacer las actividades en modo cordada. Esto significa realizarlas en autonomía con mi compañero, escalando con todo el material de salto y saltando con el material de escalada, sin ayuda de terceros y sin abandonar equipo. A la modalidad de escalada y salto BASE la llamamos Climb & BASE, y la filosofía de autonomía es la misma que en el paralpinismo. Uno de los terrenos de juego que más nos gusta es la zona de Riglos y alrededores. Allí hemos hecho varios proyectos en Climb & BASE, en Los Mallos de Riglos, Peña Rueba y Peña Sola. Esta combinación de deportes abre un mundo de proyectos y es aún terreno de investigación, en el que estamos todo el día mirando la ligereza de los materiales, la forma de ponerlos en el cuerpo para saltar con ellos y las técnicas y planificación para llevar lo menos posible. Al fin y al cabo, el salto BASE entra en esta combinación también como un modo de descenso rápido desde una cima, por lo que en realidad ahorra tiempo y permite en muchas ocasiones hacer actividades de forma más rápida de lo normal. Por ello, la logística de estos proyectos es muy diferente a la del alpinismo al uso pues llevas equipación para dos deportes por persona. Ejemplo de ello son actividades  de paralpinismo en Pirineos como la de Peña Telera, en la que ascendimos por la Gran Diagonal y saltamos desde la cima hacia la cara norte con cuerdas, piolets y crampones, el salto desde la cascada de la Fuenfría en condiciones invernales, actividades en Alpes como el ascenso en el primer teleférico de la mañana desde Courmayeur hasta la cima del Dent du Géant por la ruta normal para saltar 20 metros por debajo de la cima hacia la vertiente italiana y aterrizar al lado del coche de nuevo en Courmayeur a la hora de comer, o las actividades de hace unas semanas cuando nos acercamos a los Alpes suizos y subimos al Mushroom del Eiger, con condiciones no muy buenas pues la roca estaba cubierta de verglas, para saltar desde ese emblemático exit.

 

 

Otra de mis grandes pasiones es viajar. Practicar deportes es un buen motor para moverse. Cada año me gusta hacer un viaje largo a un sitio lo más diferente y lejano a mi cultura y a mi entorno que puedo, siempre en modo mochilero y buscando la aventura. Mi compañero de vida es Eric de Cima, otro aventurero nato, junto con el que me he propuesto cumplir muchos sueños. En 2019 queríamos aunar esa gran pasión común de viajar a lugares remotos con nuestra otra pasión, los deportes extremos. Queríamos además darle un toque de reto y nos propusimos hacer algo nuevo: abrir una vía de escalada o un salto BASE serían buenos proyectos. Con estas premisas comenzamos a buscar nuestra aventura desde casa.

 

LOS GRANDES AMIGOS | SALTO BASE EN MADAGASCAR

Por continentes ya nos tocaba África, un escenario perfecto para explorar. Empezamos a buscar el ingrediente más importante para nuestra aventura: grandes paredes, cuanto más altas y verticales mejor, tanto para escalar como para saltar. Lo primero con lo que nos topamos en Google fue con la Mano de Fátima, en Mali, pero el siguiente paso de la investigación nos llevó a descubrir que la situación política actual en el país no era estable por lo que decidimos seguir buscando. La siguiente zona que encontramos fue el valle del Tsaranoro, en Madagascar. Alucinamos con las imágenes que vimos y decidimos que habíamos encontrado el destino.

 

 

Nos animó todavía más que la información del lugar no era fácil de encontrar. Ese espíritu aventurero que buscábamos era posible. 

Vimos que era un lugar emblemático de escalada de largos. Las reseñas estaban muy dispersas en diferentes páginas por lo que tuvimos que hacer un trabajo de recopilación para organizarlas y podernos hacer una imagen mental del lugar para trazar un plan. En esta búsqueda encontramos por azar una reseña de un salto BASE que nos llevó a descubrir un total de tres exits ya abiertos: en la pared de Karambony, en la pared de Tsaranoro Be y otro en un gran pilar desde esta misma pared para el que había que rapelar más de 100 metros. Ya por aquel entonces teníamos claro que, dado que era una zona de escalada bastante manida por la que se habían dejado caer ya grandes figuras, desde su descubridor Kurt Albert, pasando por Lyn Hill, hasta Adam Ondra entre otros, queríamos que el nuevo proyecto fuera abrir un salto BASE. Este deporte allí sigue siendo algo poco común y confiábamos en que podríamos encontrar un nuevo exit en el valle. 

En un principio nos fijamos en la pared del Camaleón para nuestro proyecto. Es una enorme loma de granito coronada en la cima por una roca que parece un camaleón gigante desde cualquier ángulo en el que la mires. En nuestra investigación vimos que podría haber un salto desde la cabeza del animal, lo que resultaba muy estético y nos motivaba mucho. Con esto, nuestro proyecto estaba sobre la mesa. El siguiente paso fue comprar los billetes.

Llegada la fecha, cogimos el avión con escala en Roma y Nairobi, llegando a Antananarivo al día siguiente. El plan era alcanzar lo antes posible el valle del Tsaranoro para empezar nuestros proyectos. Madagascar es un país ciertamente pobre, con muy pocos recursos. Cuenta con una sola carretera que recorre la enorme isla de norte a sur, asfaltada sólo a tramos, de doble sentido y con más baches que la mayoría de pistas de montaña. El resto de caminos suele ser de tierra y toda la población se congrega a lo largo de estas vías de comunicación. 

 

 

CLIMB & BASE. PEÑA SOLA DE AGÜERO

 

 

PARAALPINISMO – PEÑA TELERA

 

 

Salto BASE – Deant du Géant

 

 

Salto BASE – Mushroom Eiger

 

 

 

Tardamos 16 horas para salvar la distancia de 525 kilómetros que separaban nuestro proyecto del aeropuerto, con una única parada en la casa de nuestro conductor que nos invitó a nuestro primer desayuno malgache. Si bien la gente ahí sobrevive con lo mínimo, su hospitalidad es infinita. 

Una vez llegamos al valle del Tsaranoro, queríamos estirar las piernas y despejar las dudas. Cogimos todo el material y fuimos a explorar el posible nuevo exit. Habíamos preparado cuerdas y seguros flotantes para hacer la prospección, pero pronto descubrimos que el granito de Tsaranoro no permite la autoprotección. No hay fisuras ni debilidades en ese granito liso y perfecto. Esto nos dificultaba enormemente poder asomarnos a la vertical del salto planeado. Finalmente, tirando de un par de trucos, conseguimos mirar desde el morro del Camaleón… Nos llevamos una enorme decepción al ver que era una pared positiva, sin altura suficiente de rock drop para poder saltar. Nuestro proyecto estaba en crisis. No había salto posible en esa pared.

Hay veces que toca hacer algo para cambiar la energía. Todo se ve diferente después de empezar a hacer actividad. Por ello decidimos que después de un salto veríamos todo de otro color. Para empezar, elegimos el exit de la pared de Karambony, al cual se llegaba andando en su mayor parte y trepando por unas grandes placas de granito. Encontrarlo era sencillo pues el salto se hace desde una característica plataforma. Nos equipamos con nuestros trajes, nos jugamos a un guiño quién saltaría el primero y para allá que fuimos. El salto fue increíble. La pared es muy vertical, nada desplomada, pero con los trajes de vuelo nos logramos separar suficiente para abrir lejos de la roca con seguridad. Sobrevolar el valle con los paracaídas abiertos fue épico, cargando nuestras pilas a tope. Tras aterrizar en unos bancales secos y vaciar nuestros pulmones con gritos de alegría ya teníamos toda la motivación para seguir la aventura.

Los siguientes días los destinamos a escalar en las diferentes paredes. Allí no teníamos acceso a internet por lo que no había posibilidad de consultar la meteo para ver la previsión del viento, algo muy importante para saltar. En esos días de escalada, aprendimos a entender cómo funcionaba la climatología en el valle. Las mañanas solían ser poco ventosas hasta las 9 a.m. Después el viento se levantaba conforme calentaba el sol. La mayoría de las tardes estallaban violentas tormentas de lluvia pesada y rayos bajo los que no querías estar. La escalada cambiaba mucho de unas paredes a otras, desde planos y romos, a lascas regleteras. Cada vía era muy diferente, pero todas estaban equipadas con mayor o menor alegría al no haber posibilidad de autoprotección. 

Pasados unos días, entendiendo ya mejor la meteorología y habiendo salido empapados de alguna vía, decidimos que era el momento de saltar la pared más alta del valle: Tsaranoro Be (Tasaranoro Grande). Un paredón de 700 metros de puro granito. La logística implicaba una gran caminata, tres largos de escalada sencilla y un rápel de unos 20 metros hasta el exit. Contábamos con un video para encontrar el punto exacto y con la ayuda de un guía local (Fali) para subir a la cima. Esa mañana amanecimos a las 2.30 a.m. para emprender la marcha. Viendo casi amanecer en la cima, para tener tiempo suficiente antes de que el viento se levantara, encontramos el exit. A primera vista era demasiado positivo, tanto que las cuerdas que llevábamos no nos permitían ver más allá de los primeros metros. Sabíamos que era el punto de salto por un video que encontramos de otro saltador. Nuestro telémetro (aparato con el que medimos las distancias) indicaba que el push para librar la barriga inicial era demasiado grande, pero aun así era posible. Eric y yo llevábamos trajes de vuelo diferentes. El mío era más pequeño, volaba menos, por lo que decidí no saltar. Eric sin embargo tomó la decisión de hacerlo. En cada salto, es el propio saltador el que decide. Es un deporte individual y hay que ser consecuente con las decisiones que tomamos ya que nadie más que tú lo va a hacer. Finalmente, el salto de Eric fue apurado y, aunque salió bien, decidimos no repetirlo.

 

 

Después de haber cumplido con la mayoría de tareas que teníamos en el valle, tocaba seguir pensando en nuestro proyecto. No habíamos abandonado la idea de abrir un nuevo exit de BASE, por lo que nuestros ojos siempre estaban abiertos. En cada pared que escalábamos o en cada aproximación por el valle, seguíamos atentos en busca de una gran vertical. Un día, escalando en la pared de Vatovarindry, vimos que la pared de al lado -Mitsinjoarivo- tenía un gran desplome. La mayoría de vías en esa pared eran en artificial, por lo que no habíamos reparado en ella, pero desde abajo se veía una gran plataforma separada de la pared sobre un gigantesco desplome. Tenía muy buena pinta. Medida desde abajo nos salían unos 200 metros. Indagamos y preguntamos en el campamento cómo subir a la cima, pero nadie nos supo decir con seguridad el camino ya que no era una pared muy frecuente de escalar. En un primer momento le atacamos por la canal norte, tan llena de vegetación selvática que en una mañana logramos avanzar sólo unos 50 metros. Nos vimos forzados a desistir, pero ya de vuelta quisimos aprovechar el día e intentarlo por la parte sur. El acceso nos obligaba a subir por unas largas e inclinadas placas de granito muy adherentes secas, pero un tobogán infernal si estaban mojadas. Estábamos muy cerca del mediodía, y las tormentas de la tarde no perdonaban. Aun así, decidimos ver si por ese lado podríamos acceder, lo que adelantaría mucho trabajo. Subimos hasta el collado. Viendo que ese sería el camino, nos apresuramos a bajar justo a tiempo de que la tormenta reglamentaria nos empapara de camino al campamento. 

Al día siguiente logramos encontrar el resto del camino de acceso a la plataforma que habíamos visto desde abajo. Medimos el rock drop (tirando una piedra literalmente y midiendo con el telémetro los metros de caída hasta el punto de impacto). Vimos que saltaríamos seguro. Además, el aterrizaje al que estudiamos que llegaríamos era una pradera perfecta. Equipamos el salto, para el que se necesitaba un corto rápel para acceder a la plataforma, con el material que nos prestaron entre varios amigos que hicimos en el campamento (coincidimos con el Grupo Militar de Alta Montaña francés que nos dejó taladro y maza.

 

 

 Giles Gautier, el dueño del campamento, nos procuró parabolts y chapas). Al levantarse el viento y no poder saltar, decidimos que subiríamos cada día antes del amanecer hasta que la meteo fuera buena para abrir el salto. Tras un par de intentos, teniendo incluso que atrasar nuestra partida un día, por fin llegó el momento. Como es tradición, nos jugamos quién iba a saltar primero con un guiño. GO FOR IT!

Si algo es importante, y lo tenemos claro tras cada una de nuestras aventuras, es la gente que conocemos en el camino. Lo es todo realmente, pues compartir las experiencias es lo que les da sentido. Por ello quisimos que este salto tuviera esa esencia llamándolo “LOS BUENOS AMIGOS”.

 

 

 

 

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