Tamara Lunger. Fortalezas y conexiones.

Tamara Lunger. Kiss the mountain

Tamara Lunger. Fortalezas y conexiones.

 

S  u especial relación con la montaña, el aprendizaje en el descenso del Nanga Parbat con la muerte acechando su vida, su forma de entender la religión, su decepción por parte del alpinismo actual, su fortaleza a la hora de concebir el adiós definitivo y otros temas, salen a relucir en esta entrevista con Tamara Lunger. Ha sido una gran experiencia mantener esta charla con uno de los nombres más importantes del alpinismo actual.

 

Texto: Kissthemountain.

Kissthemountain: Hola Tamara. ¿Cómo estás? He oído que andas lesionada.

Tamara Lunger: Llevo casi dos meses con problemas en la espalda. [Esta conversación se produjo el 3 de septiembre de 2018]. No he podido entrenar desde entonces, pero parece que ya va mejor. Ahora necesito hacer alguna prueba para ver que nada está realmente mal.

K: Tienes que ser paciente.

T: Tengo que aprender a serlo porque cuando he tenido esta misma lesión u otras en el pasado, también en las rodillas, he estado incluso casi deprimida. Ahora, afortunadamente, estoy aprendiendo a manejar esta situación de una manera diferente.

K: Me gustaría empezar esta conversación en 2014, año en el que consigues hacer cima en el K2. Tienes la suerte de poder permanecer allí durante más o menos una hora. Creo que esperabas a tu compañero. Quiero pedirte que cierres los ojos y nos hables de ese momento desde un doble punto de vista. El primero es cómo percibías el entorno y tus sensaciones sobre la naturaleza; el segundo, y quizás más importante, sobre tus sentimientos tras haber alcanzado una cima para la que imagino habrías estado preparándote durante toda tu carrera.

 

Tamara Lunger. Kiss the mountain

 

T: El entorno en la cima era espectacular. Cuando subí estábamos muy pocas personas allí arriba. Recuerdo gritar: ¡Dios mío! Me sentí muy conectada a él. Cuando veía esas montañas desde Concordia [4.700 metros], sentía como mariposas en mi estómago. Presentía que sería una gran expedición y que llegaría a la cumbre, sin saber cómo, incluso si seguían los problemas que tuve al principio. Cuando estaba en el campo base recuerdo contar las noches que quedaban por dormir para subir. Cada paso fue un gran placer que siempre recordaré.

Al inicio de la ascensión estaba un poco preocupada porque empezamos los últimos y había una gran cola de treinta personas aproximadamente. Tuvimos un pequeño incidente que nos demoró. No había posibilidad de avanzar porque no nos dejaban pasar. Fue un poco desagradable. Parecía como si pensasen que si nos lo permitían, les robaríamos algo. Tuve la sensación de que si no podía subir a la cima, en cualquier caso habría valido la pena vivir ese maravilloso momento. Aun así, intente pasarlos, pero era muy complicado porque estaba muy inclinado y me hundía en la nieve hasta la cadera. Temí que si no querían dejarme pasar, sería imposible. Entonces se pararon a comer y a beber y pude avanzar. Los últimos 300 metros pude subir a mi propio ritmo. Mi compañero me pidió que me sentara a descansar pero le dije que necesitaba seguir para sentirme libre. Cada paso que di hacia la cumbre, me hizo sentír parte de esa belleza. En la cima, miré alrededor y comprobé que todo estaba en armonía conmigo. No sé cómo describirlo. Simplemente belleza. Al mismo tiempo pensaba que era muy afortunada porque había mucha gente que lo había intentado cinco y seis veces y yo lo había logrado a la primera. Estaba realmente feliz.

K: ¿Lloraste en la cima?

T: Sí.

K: Imagino que es una explosión de sentimientos, no sólo por la naturaleza sino también por todos los esfuerzos realizados en tu vida para alcanzar ese momento.

 

T: Me sentí muy afortunada porque había tenido muchos problemas en aquella expedición. Alergias al sol, tendinitis en mis pies… Hubo momentos en los que pensé que no podría subir. No sabía ni la gravedad del problema. Toda la expedición fue muy emocional. Lloré mucho en el campo base a causa de un exnovio. Fue una gran crisis pero a la vez un enorme crecimiento. Cuando estaba en la cima me sentí más en armonía incluso conmigo misma.

K: Para ti es muy importante la conexión con la naturaleza, ¿verdad? Te he oído decir que lo peor de estar en la montaña es tener que trabajar y no tener tiempo para uno mismo. También que en el futuro te gustaría hacer expediciones de una manera un tanto diferente. “Quiero sentirme a mí misma muy intensamente. Quiero aprender de mí, pensar en mí, encontrarme”. Parece como si quisieras disfrutar de las montañas tú sola. No sé si estoy equivocado. ¿Puedes hablarme de esto?

T: Nunca he estado tan conectada a mí misma como en la alta montaña. Ya sabes que antes hacía esquí de montaña. Estaba siempre pendiente de tiempos, metros y competición. ¿Sabes lo que digo, no? Aunque fue un período muy feliz en mi vida, ahora todo es diferente. En los últimos días en los que me dedicaba a competir, sentía que estaba perdiendo algo y que eso no era suficiente para mí. Estaba en la nieve pero mis ojos no estaban viendo realmente las montañas. No podía disfrutar de su alma. La primera vez que estuve en Nepal me sentí mucho más feliz. Intuía que era el momento que andaba buscando desde hacía mucho tiempo. Sentí que estaba en casa y que necesitaba eso. Después de esa experiencia, incluso habiendo sufrido mucho dolor de cabeza la primera vez que superé los 6.000 metros, me dije que eso era lo mejor de mi vida y lo que realmente quería para mi futuro.

 

 

K: ¿Pero especialmente en solitario?

T: En solitario conmigo misma, pero con mi equipo. Me gusta la conexión que establezco con ciertas personas allí arriba, como con Simone [Moro]. Él me conoce muy bien, incluso como sólo mis padres. Durante los últimos años, él me ha dicho que ha decidido entenderme porque piensa que no es fácil. Hemos tenido algún punto diferente de vista, pero siempre somos conscientes de cómo manejar esas diferencias. Sabemos si tenemos que hablar o darnos espacio durante una o dos horas. Me gusta mucho esto. Es realmente conexión y comprensión mutua. Muchas veces me siento durante horas simplemente a ver las montañas e intento conectar con esa energía. En cada expedición consigo que esa conexión sea mayor. Cuando estaba en el campo III del Nanga Parbat viendo esas montañas y el sol, me sentí realmente feliz pensando que sólo muy pocas personas de todo el mundo habían tenido esa posibilidad. Fue algo muy especial. En ese momento podía morir porque nada podría ser mejor. Las montañas me estaban completando totalmente. Yo no necesito mucho para vivir, sólo lo necesario para mi mochila. Eres solamente tú y la energía de la montaña. El septiembre pasado estuve en la India con un amigo [Aaron Durogati di Merano, doble campeón del mundo de parapente] haciendo parapente. Volamos a 6.300 metros junto a las águilas. Me sentí como una parte de las reglas de la naturaleza de una manera tan profunda como nunca lo había hecho. Comprendí que si seguía mis sentimientos y voces interiores, la naturaleza nunca podría darme nada equivocado.

K: Me es complicado hacerte esta pregunta. Espero que me entiendas. Sé que practicas una religión un tanto especial. Obtienes un gran apoyo de “Él”, quien quiera que sea. Leí que en Nanga Parbat sentiste como si te enviara varias señales para no continuar hasta la cima. “No fue sólo la extenuación física lo que me hizo dar marcha atrás, sino también el hecho de que en altitud tengo más conexión con la mayor de las energías que me dijo que si seguía, no volvería”. He pensado mucho en esto. No sé si le llamas Dios o quizás sea un sexto sentido que te dirige cada vez que tienes que tomar una decisión difícil.


 

 

T: Es una buena pregunta. Nací creyendo en Dios y recuerdo que cuando era niña estaba siempre pensando en Él. Recuerdo que mis padres me dijeron en alguna ocasión: “sólo si Dios quiere mañana te despertarás de nuevo”. Me asustó y les preguntaba qué pasaría si Él no quisiera. Mi madre me tranquilizaba, diciendo que sí lo haría. Dios siempre ha estado muy presente en mi vida y ahora siento que es una base sobre cómo la vivo. Sé que mi tiempo no es ilimitado. No sé cuándo me iré, pero hasta que llegue ese momento quiero que mi vida sea intensa. Quiero ir a las montañas y no temer la muerte. Me gusta pensar que si muero hoy, es porque era necesario. Este pensamiento me hace más libre en las montañas. En mi opinión es una gran fortaleza que tengo. Vivo una especial relación con la muerte. Me siento en paz con ella. Cuando le digo esto a la gente, algunos se enfadan y me dicen que estoy un poco loca por ir a las montañas aceptando esto. Yo sólo quiero vivir de una forma intensa.  Y cuando digo intensamente es tanto en los buenos momentos de felicidad, como también en los malos. He averiguado que necesito estar muy abajo, para luego subir más alto. No sé si esto será extraño para ti, pero en cierto sentido pienso que si estoy más cerca del peligro, sabré mejor cómo comportarme en esa situación. No sé cómo llamar a esa voz, pero para mí es bonito tener la oportunidad de decirle gracias por tener este don.

“Mi compañero me pidió que me sentara a descansar pero le dije que necesitaba seguir para sentirme libre. Cada paso que di hacia la cumbre, me hizo sentír parte de esa belleza. En la cima, miré alrededor y comprobé que todo estaba en armonía conmigo. No sé cómo describirlo. Simplemente belleza”.

 

K: iba a preguntarte sobre lo que sientes hacia la muerte, pero ya me has respondido. De todas formas, me gustaría que me contaras cómo luchas ante una situación complicada en la montaña. Eneko Pou me respondió a esta misma pregunta diciéndome que el miedo a la muerte es algo que uno no puede permitirse. ¿Has sentido alguna vez algún tipo de parálisis fruto del miedo?

T: Siempre he pensado que no tengo miedo a la muerte, pero después de una entrevista que me hizo una mujer que hace estudios sobre el miedo, me pregunté si quizás era precisamente esto lo que sentía a veces. Cuando tuve la caída en el Nanga Parbat al darme la vuelta, tuve miedo, pero creo que no realmente a la muerte. Hablé con Dios y le dije que quería estar aquí y que era consciente de que cuando iba de expedición era posible que fuera la última vez que me despedía de mis padres. Allí pensé en algunos momentos que moriría, pero no fue un problema para mí. Le dije a Dios que si quería llevarme con él, estaba de acuerdo, porque tenía claro que podía suceder. Tenía miedo por si dolía morir, cuando te deshaces en pedazos después de caer miles de metros. Ese era mi único temor. No quería que me doliera. Esperaba que mi cerebro fuera inteligente para evitar ese dolor. He oído muchas historias sobre la muerte. Muchos dicen que el cuerpo es tan sabio que no sientes nadas. Eso era lo único que esperaba.

 

K: De nuevo sale la gran fortaleza que supone para ti la religión…

T: Pienso, al igual que mis padres, que el día de nuestra muerte está escrito. No importa si conduces por la autopista, si nadas o si escalas grandes montañas. Para todos es lo mismo. La fecha es la fecha. Eso relaja mi mente. Está conectado a Dios, por supuesto. Si sintiera miedo, este año sería peor porque han muerto muchos amigos mientras escalaban. Necesitaba enfrentarme a esto. He estado entrenando y escalando más fácil. Me he preguntado si sentía una especie de temor. Me obligué a reflexionar para ver si era tan fuerte como para poder o no superarlo. Intenté darle un número al temor y escuchar mi voz interior. Quería llevar mi cuerpo al límite y ver de qué era capaz.

K: Quiero volver al Nanga Parbat de nuevo. Justo después de la expedición comentaste que estabas totalmente segura de que si hubieras intentado llegar a la cima, habrías muerto. Ahora que han pasado unos años, ¿continúas pensando lo mismo? Imagino que habrás recreado en tu mente cientos de veces el momento de la vuelta atrás. ¿Cambiarías algo? Te lo pregunto de otra manera. ¿Estás absolutamente segura de que fue la decisión correcta o albergas alguna duda de que quizás era tu mente la que mentía para poner a salvo tu cuerpo?

“Cuando tuve la caída en el Nanga tuve miedo, pero creo que no realmente a la muerte. Allí pensé en algunos momentos que moriría, pero no fue un problema para mí. Tenía miedo por si dolía morir, cuando te deshaces en pedazos después de caer miles de metros. Ese era mi único temor. No quería que me doliera”.

 

T: Estoy segura de que hubiera muerto. Normalmente soy una persona con dudas, pero respecto a esa ocasión, no las tengo. Después descubrí que la caída posterior fue mucho más importante que ir a la cima. Aprendí mucho más. La cercanía a la muerte que viví entonces fue una experiencia más intensa al darme la vuelta.

K: Tuvo que ser un momento muy difícil porque a sólo a 150 metros te das cuenta de que no puedes. ¡Sólo unos cuantos metros más! Imagino que en esos momentos tu debilidad era casi máxima. Darse la vuelta totalmente sola supone una decisión que a mí me atemorizaría. Es dejar a Simone Moro, Ali Sadpara y Alex Txikon que se marchen y enfrentarse a una soledad absoluta sin prácticamente fuerzas. No quiero ni pensar en la dureza de esa situación.

 

T: En el campo IV del Nanga Parbat antes de salir ya me sentí sola. Era consciente de eso. Estábamos juntos en la tienda preparando el equipo para la cima pero todos estábamos solos. Todo el mundo es egoísta en esta situación y piensa únicamente en sus sueños y ambiciones. Casi no hablábamos. Fue horrible. Hasta ese momento habíamos sido un gran equipo, pero a partir de ahí, todo cambió. Estaba claro que cada uno era responsable de su propia vida. Ese día ya me desperté sola aun estando ellos a unos metros de mí. Sabía que si me rompía una pierna, nadie me ayudaría. Estaba segura. Todos necesitaban de sus recursos al cien por cien. Me sentía igual de sola subiendo que cuando me di la vuelta para bajar.

“En el campo IV del Nanga Parbat antes de salir ya me sentí sola. Era consciente de eso. Estábamos juntos en la tienda preparando el equipo para la cima pero todos estábamos solos. Todo el mundo es egoísta en esta situación y piensa únicamente en sus sueños y ambiciones. Casi no hablábamos. Fue horrible. Hasta ese momento habíamos sido un gran equipo, pero a partir de ahí, todo cambió”.

 

K: Tamara, entiendo lo que dices y te hago una pregunta. Imagina la situación contraria. Es Simone quien te dice que no puede seguir y que tiene tanto miedo que te pide que te quedes con él.

T: Pienso que los hombres y las mujeres en esta situación somos diferentes. Las mujeres no necesitamos comportarnos como héroes. Creo que los hombres se centran más en el objetivo que en la forma de lograrlo. A mí me gusta reír, estar feliz y ayudar. Los hombres, quizás, no son tan emocionales. Persiguen subir sin mirar nada más. Aprendí mucho en esa subida y también en la bajada. Cuando nos volvimos a encontrar todos en el campo IV fue una situación horrible porque nadie estaba feliz. Sus rostros eran muy serios. Me sentía fatal. Estaba vomitando y todo mi cuerpo llevaba temblando muchas horas. No había espacio para ser una mujer. Todos estaban centrados en ellos mismos. Quizás esperaba otra cosa. Lloraba en mi silencio. Necesité sacar aún más fuerzas. No sabía si llegaría al campo base. Tenía mucho dolor y no sabía qué pasaría. De nuevo estaba sola con otros.

K: Parece que en el momento en el que no se está en el campo IV o cerca de la cima, uno es capaz de renunciar a sus principales objetivos. Pienso ahora mismo en el rescate de este año de Urubko y Bielecki en el mismo Nanga Parbat. Pero cuando se está tan cerca, todo cambia. ¿Es así?

 

T: Sí.

K: ¿Hacia dónde van tus pasos? ¿Dónde te ves dentro de cinco o diez años? ¿Qué hay en tu mente?

T: Buena pregunta, Juanmi. La decepción del Kanjenchunga del año pasado y la falta de respeto hacia las personas y hacia la montaña que vi, me puso muy triste, realmente triste.  Me dije que ése no era mi futuro y que quería estar sola con mi grupo donde puedo sentirme bien y cómoda. La situación de lucha en el campo base y los comportamientos de algunos fue una auténtica basura. Fue un desastre y me sentí muy mal por las montañas y su energía. Me robó mucho. Es lo que te decía antes de querer estar sola en las montañas. Hacer la logística con mi grupo sin compartir espacio con otros. Estar sola en el campo base. Eso es algo que quiero para mí definitivamente. Quizás me gustaría no hacer solo ochomiles, sino otras montañas de menor altura pero un poco más técnicas. Por supuesto me interesan las invernales porque me gusta el frío, aunque a veces lo tema. Mi cuerpo trabaja bien a bajas temperaturas. En el Nanga Parbat me sentí mucho mejor que en la temporada habitual donde se puede pasar muchísimo calor con temperaturas de incluso 38 grados como en Kanchenjunga. En el invierno el aire es más claro. También la mente. [Risas].

K: Tamara, muchísimas gracias. Ha sido muy especial hablar contigo. Te veo a mediados de octubre en el IMS – International Meeting Summit en Südtirol.

T: Allí nos vemos.

 

 

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