Inmenso y austero sobre el corazón de Ordesa, Monte Perdido lleva siglos observando el paso de pastores, pirineístas y corredores. Pocas cumbres concentran tanta historia, tanta belleza y tanta capacidad para despertar la imaginación de quienes recorren sus caminos. El pasado verano fue Oihana Kortazar quien trazó allí una línea nueva sobre el mapa, completando el recorrido entre Torla y la cumbre para regresar de nuevo al valle en un tiempo que ya forma parte de la historia de la montaña.
Sin embargo, la cifra es solo una parte del relato. Porque el verdadero valor de la gesta reside en quién la firma: una de las figuras más respetadas y longevas del trail running español, capaz de seguir reinventando su relación con la montaña después de toda una vida recorriéndola.
Cuando la corredora vasca detuvo el cronómetro en 5 horas y 43 minutos, estableciendo un nuevo récord femenino en la ruta clásica de Monte Perdido, no estaba construyendo un legado. Ese legado hace tiempo que existe. Lo que consiguió fue añadir un nuevo capítulo a una trayectoria marcada por la constancia, la autenticidad y una conexión con la montaña que trasciende el ámbito competitivo.
En un deporte que vive pendiente de la siguiente generación y de los nombres que emergen cada temporada, Oihana representa algo cada vez más difícil de encontrar: la capacidad de permanecer. Más de dos décadas después de sus primeras competiciones importantes, continúa explorando nuevos horizontes deportivos sin perder la esencia que la convirtió en una referencia para varias generaciones de corredoras.
Monte Perdido parece, en muchos sentidos, el escenario perfecto para una deportista como ella. No es una montaña que se entregue fácilmente. Sus senderos exigen paciencia, experiencia y respeto. Desde los bosques del valle de Ordesa hasta las laderas minerales que conducen a los 3.355 metros de altitud de la cumbre, cada tramo obliga a encontrar un delicado equilibrio entre velocidad y conocimiento del terreno.
Quizá por eso resulta todavía más significativa la marca conseguida por la atleta guipuzcoana. Apenas conocía el recorrido y durante el intento perdió varios minutos debido a pequeños errores de orientación. Lejos de restar valor a la ascensión, ese detalle añade una dimensión aún más humana al desafío y deja abierta la inevitable pregunta sobre cuál habría sido el resultado en una jornada perfecta.
Pero reducir la historia a una cuestión de minutos sería quedarse en la superficie. Porque Monte Perdido no representa únicamente un récord. También simboliza una manera de entender la montaña. Tras los desafíos realizados anteriormente en el Teide y el Aneto, esta nueva ascensión completa una colección de proyectos que hablan de exploración, curiosidad y respeto por algunos de los grandes paisajes de la geografía española.
Oihana Kortazar sigue corriendo. Y mientras lo hace, continúa recordándonos que algunas trayectorias no se construyen a golpe de titulares, sino a través de los años, las montañas y la silenciosa coherencia de quienes nunca han necesitado hacer ruido para dejar huella.




